“Sin origen”, una cinta mexicana de narcos y vampiros

Como resultado de una relación que se remonta a la época del cine silente, el vampiro era considerado como el monstruo por excelencia en la pantalla grande.

Esto claro, hasta la llegada de la saga de “Crepúsculo”, que se encargó de devaluar su figura, lo que en combinación con la euforia generada alrededor de los zombis, por acertadas propuestas provenientes de distintas partes del mundo, terminó por quedar relegado al segundo puesto en dicha categoría.

Esto aunado a que durante décadas, las fórmulas hollywoodenses se apropiaron del concepto ante los ojos del gran público, provocó que el llevarle al contexto nacional a través de propuestas sin mayores pretensiones que el entretenimiento, se volviera sumamente complicado.

Curiosamente es en este proceso en donde mejores dividendos obtiene “Sin Origen”, de Rigoberto Castañeda –“Km 31” (2006)- y es que aunque el narcotráfico es lo que le sirve para sustentar las motivaciones y posibilidades del protagonista, que busca proteger a su familia en una casa de seguridad, el día que habrá de concretarse la transacción que le permitirá terminar su vínculo con el crimen; el tema queda sólo como telón de fondo.

El relato en realidad, apuesta con acierto por explotar la situación límite que resulta del encierro y el acoso por parte de un grupo de guerreros que mezclan tecnología con disciplinas arcanas de combate, y buscan atrapar a una pequeña y enigmática niña que por azares del destino también terminó dentro de la casa en cuestión.

Es una lástima que los tropiezos aparezcan demasiado rápido a la hora de intentar desarrollar los puntos de tensión, producto no sólo de las incongruencias dentro de la trama, sino de la falta de consistencia en la actitudes de los personajes, pese a la convicción en el desempeño de actores como Daniel Martínez, Ramón Medina y Horacio García Rojas.

Por otro lado, no logra evitar los lugares comunes, que van de artificiosos flashbacks, al uso de la clásica voz tétrica infantil que hoy raya en el ridículo, además de la innecesaria inclusión de objetos relacionados con cuestiones sobrenaturales como una ouija, que quedan en un mero accesorio.

Destaca lo estilizado de las escenas de acción que lucen a través de perspectivas dinámicas y a veces rebuscadas, coreografías precisas con un despliegue físico importante, además del llamativo trabajo a la hora de enrarecer los movimientos de la criatura vampírica. Sin embargo esto, aunado al ya mencionado trabajo de contextualización, apenas le alcanza para convertirse en un mera curiosidad.

Por: JESÚS CHAVARRÍA

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