Lea hoy: Vacunas (II) del Dr. Juan Carlos Sánchez Magallán

En nuestro país, durante los siglos XVII y XVIII, se presentaron brotes infecciosos de la peste, el tifo y la viruela. El censo de Revillagigedo de 1790 registró que 92 por ciento de los habitantes de la Nueva España fueron menores de 50 años. De ahí, los analistas infirieron que la esperanza de vida fue menor a 35 años de vida y la mortalidad infantil muy alta.

En 1796, Edward Jenner, en el Reino Unido, realizó un experimento raspando el brazo de un niño de ocho años, llamado James Phipps, con material de una llaga de viruela bovina de una mujer que ordeñaba vacas, repitiendo el mismo procedimiento agregando una pequeña cantidad de viruela, logrando, con su experimento, inmunizar al niño de la mortal infección; así inició la era de las vacunas.

Cien años después, el doctor Louis Pasteur descubrió que las enfermedades se podían evitar al infectar a los humanos con gérmenes debilitados.

En 1885 utilizó una vacuna para prevenir, con éxito, que el niño Joseph Meister se contagiara de rabia tras haber sido mordido por un perro infectado.

A mitad del siglo XX, los doctores Albert Bruce Sabin y Jonas Salk, lograron desarrollar la vacuna de la poliomielitis activa e inactiva, salvando a miles de niños en todo el mundo de una enfermedad que con frecuencia deja a las personas atadas a una silla de ruedas o a un par de muletas para poder moverse.

México goza de una basta historia en materia de aplicación y producción de vacunas de bajo costo.

En 1804, el doctor Francisco Javier de Balmis, apoyado por el rey Carlos IV de España, realizó una vacunación masiva para erradicar la viruela de los territorios de la Nueva España en América y Asia. Francisco Javier de Balmis viajó a Yucatán, logrando así la primera vacunación masiva en todo el territorio mexicano.

En 1805 partió de Acapulco hacia las islas Filipinas y hacia China con 24 niños expósitos mexicanos para diseminar la inoculación contra la viruela.

En 1868, Ángel Gaviño Iglesias introdujo a nuestro país la semilla del virus de vaccinia, desde París, para la producción masiva de la vacuna contra la viruela.

En 1912 se fundó, en Mérida, Yucatán, el primer laboratorio para la producción, a gran escala, de linfa vacunal procedente de bovinos.

Su uso se aprobó en 1915 para toda la población nacional, produciéndose en el Instituto Bacteriológico Nacional, fundado en 1905 y antecedente de la institución del Estado mexicano Birmex, el cual fue dirigido con acierto por Luis Guillermo Ibarra. Dicho instituto cuenta con experiencia en áreas de investigación, producción e importación de vacunas, las cuales almacena y distribuye a los estados de la República para realizar, con eficacia, las Campañas Nacionales de Vacunación.

De aquí, las obligadas reflexiones:

¿El Estado mexicano debe invertir en esta empresa para lograr su consolidación en beneficio de los consumidores del país?

¿Debemos seguir a expensas de lo que las empresas farmacéuticas determinen en el mercado?

Esto es, ¿qué fármacos debemos consumir y cuál debe ser su precio?

¿Por qué no ligar el trabajo de investigación científica de las universidades al trabajo de planeación de las instituciones públicas? ¿Por qué esta costumbre de que cada quien debe caminar por su lado?
México ha tenido a grandes médicos científicos. Ahí está la colonia Doctores, con la nomenclatura de sus calles en honor a las grandes aportaciones científicas de la medicina en el país.

Recordemos que en 1990 la salud de México se cimbró con el brote del sarampión, el cual provocó seis mil defunciones, pero también impulsando el desarrollo de un sistema que midiera el alcance de las coberturas de atención a la población, el cual detectó que sólo 46 de cada 100 niños se vacunaban.

A partir de esto surgieron las Campañas Nacionales de Vacunación Universal, mediante las cuales se lograron erradicar la viruela, la difteria, el tétanos neonatal, la tosferina y las formas graves de tuberculosis. Se puede, ¿o no, estimado lector?

Notas Principales
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