Suchiapa, el río que se ahoga

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Si digo que un río se ahoga no es mera metáfora. El río Suchiapa parece ahogarse con las descargas de aguas negras, lixiviados y cientos de toneladas de basura que han puesto en grave situación a la fauna y flora del lugar.
Hace dos años, mojarras y pequeñas truchas empezaron a salir a la playa a morir. Se atribuyó al lixiviado provocado por el relleno sanitario de Proactiva.
Lo cierto es que no solo Proactiva está ahogando al río; son también las descargas de aguas negras que recibe el río desde su nacimiento, primero por Los Ángeles, en la Sepultura, después por Flores Magón, Cristóbal Obregón, El Tablón, Nuevo Tenochtitlán y Jobo Dulce. No se diga más adelante. Bonanza, Real del Bosque y Chiapas Bicentenario incrementan el caudal de desechos; aparte claro, de Pacú y de Suchiapa.
El río ha marcado la historia del pueblo surimbo; brindó, por muchos años, vegas para el cultivo de hortalizas y agua limpia en abundancia. En las crecidas, que eran frecuentes en temporada de lluvias, el río proveía de leña a las familias.
También proporcionaba peces: truchas, sardinas, mojarras, macabiles, chigüilís y charales. Los habitantes de Pacú se especializaron en la captura de estos peces con barbasco, atarrayas o con visor, y que luego vendían en los pueblos cercanos.
Santiago Serrano decía que en Suchiapa no había pobreza gracias al río. Si alguien no tenía comida le bastaba con meterse a sus aguas para atrapar una mojarra.
No se puede entender el pueblo sin el río, sin sus alegrías y desgracias. De niño, Chanti, el poeta, vio cómo un pescador se ahogó con una mojarra que sostenía en su boca y que se le atoró en la garganta. Presenció la lucha desesperante de ese hombre por arrancarse el pescado que lo asfixiaba y, finalmente, expirar.
Recorro el río. Paso frente a la iglesia de Las Mercedes donde un amigo de mi padre encontró un trepechón agujerado por abejas que, en el meticuloso trabajo de expulsar tierra para hacerse una casa, dibujaron la silueta de una virgen.
Dicen que sucedió después de una de las peores crecidas del río. Y ahí sigue la silueta, resaltada con papel maché, y siguen los devotos y la convivencia y los apapachos al río para que no se rebele sin razón.
Pero el río se rebela. Arranca troncos, se lleva sembradíos, pero trae también muchos recuerdos. La leña de los bosques de la Sepultura, donde nace callado y parsimonioso, y en su andar “avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre” al Paso de los Espadañeros.
Es un río generalmente pacífico, que prefiere morirse antes que despertar su furia. No nació para esas violencias. No es como el arroyo de San Vicente, cercano, ruidoso, terrible, cobarde, que en los tiempos jóvenes de mi madre arrastró casas, vacas y burros persogados.
Ya no es el río generoso, por supuesto. El río de peces variados y abundantes. Pero no lo es porque a su corriente le han vertido lixiviado, insecticidas, desechos de hospitales y cuantos drenajes descarguen sus inmundicias a su caminar tranquilo.
En las vegas de ese río, en un bajío de don Raúl Gumeta, jugué muchas veces futbol, con mis amigos, los hermanos Rolando y Didier Gumeta, Inocente Cundapí, Federico Hernández, Armando Cundapí, y con muchos otros más.
 
Por Por Sarelly MartínezMendoza